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Publicado 1 de julio de 2020

Una película con un final insospechado

Por: Samuel Castro | EDICIÓN 34

Yo extraño la risa de las comedias, no sé ustedes. Supongo que mientras nos dedicamos horas y horas a revisar los catálogos de las distintas plataformas de streaming que nos permiten ver películas durante este encierro (PrimeVideo, HBOGo, Qubit, Netflix, Retina Latina, Mowies, no hay duda que hay de dónde escoger), también les pasa que dejan vagar la imaginación un rato y ésta inevitablemente se transporta hasta la última vez que fueron a cine. Ahí es cuando les digo que lo que extraño más que nada de esa experiencia hermosa que es el plan cinéfilo, es la risa de las comedias. Esa risa compartida, gutural, enorme, de una sala llena de personas que, por unos segundos, son felices al mismo tiempo. Y la felicidad compartida crece, se expande en el alma de formas que la risita solitaria de uno en la sala de su casa, por más buena que sea la comedia, no tiene cómo imitar.

A lo mejor usted, amiga lectora, siente nostalgia por otras cosas. Qué se yo, puede que extrañes la pantalla enorme que te permite ver los labios de Julia Roberts o los ojos de Jude Law como si fueran frutos inalcanzables de un árbol luminoso e inmenso. O el huequito de la silla donde puede poner la bebida sin que se derrame. O esa especie de susurro nervioso de los primeros minutos de la película, cuando pareciera que los que ocupamos las butacas nos despedimos de la realidad para sumergirnos en la historia. Los afiches que quisieras tener colgados en tu habitación, las cafeterías llenas de antojos, la penumbra que sólo se interrumpe cuando aparecen los créditos. O, por supuesto, el olor de las crispetas recién hechas.

Habrá algunas de esas cosas que podemos imitar en la sala de nuestras casas más o menos bien e incluso, aceptémoslo, hay ventajas en la experiencia solitaria o unifamiliar del cine: se puede interrumpir para ir al baño o para aprovisionarse de golosinas; hay manera de retroceder esa escena frenética que no entendimos, para captarla mejor, o de volver a ver, una y otra vez, el diálogo que nos conmovió en la escena de amor; puedes llorar a tus anchas ante aquel drama durísimo sin temor a que la gente te mire como bicho raro por tu rostro congestionado y además, te evitas a los maleducados, cada vez más frecuentes, que hablan en los momentos menos indicados o que contestan el teléfono y responden mensajes con el brillo de la pantalla del teléfono a lo que da.

Pero este confinamiento además, ha supuesto unos cambios adicionales en la experiencia de ver películas en casa. Una buena amiga, por ejemplo, cuenta hasta tres en voz alta con el teléfono en la oreja, y le da play a la película en su pantalla al mismo tiempo que su novio que vive en otra ciudad. La llamada se queda en altavoz durante toda la cinta para que ellos puedan ir comentándola como si estuvieran juntos. Es su manera particular de poner la cabeza en el hombro del otro. Y no es sólo la forma de apreciar una película, también es la percepción de lo que se mira: ¿por estos días cuando ven una escena de dos personas que se acercan mucho, no les provoca decirles que no, que se alejen, que no se vayan a dar la mano porque es peligroso?

La función… ¿puede continuar?

La palabra de moda (y ya un poco estropeada por su uso, vamos a aceptarlo) es reinventarse. Todos quieren que nos reinventemos, que las relaciones se reinventen, que el mundo se reinvente. ¿Pero cómo puede reinventarse una industria como la del cine, que en realidad es una experiencia en sí misma? Por supuesto, la nueva realidad a la que nos veremos sometidos quién sabe por cuánto tiempo, ha obligado a que los distintos actores del sector piensen en posibles soluciones, así sean parciales. La empresa más importante de exhibición en Colombia comenzó a usar los camiones y las pantallas móviles con los que hacía funciones en rincones olvidados del país, para proyectar películas en muros de las grandes ciudades que les permitan “ir a cine” a la gente desde sus balcones. Se leen por todas partes informaciones sobre empresas que tienen la intención de volver a implementar autocinemas, pero en ciudades de alta densidad urbanística como muchas de las nuestras, la falta de áreas grandes, despejadas y planas que implica el montaje de un verdadero autocinema obligará a que sean construidos en las afueras o en municipios cercanos. ¿Hará esto que el cine vuelva a ser un placer elitista, de costos prohibitivos para el gran público? Piensen de nuevo en las salas de cine que más extrañan. ¿Alguien querrá ir en pareja a un sitio donde puede que lo obliguen a sentarse con una silla vacía de por medio, una linterna de vigilante lo iluminará cada vez que tosa, y no se va a poder pedir nada para comer? ¿Y los pocos que acepten esas condiciones serán suficientes para que los exhibidores “libren” los costos de las películas de su cartelera? Por desgracia, estas preguntas no parecen fáciles de responder.

Así como en esta crisis los primeros perdedores fueron los grandes exhibidores, que tuvieron que cerrar sus puertas y posponer, tal vez indefinidamente, los estrenos más espectaculares de la temporada (recordemos que viene el verano estadounidense, que es el de los grandes taquillazos), también hay empresas que se benefician. Las plataformas de streaming han visto aumentar sus suscriptores más allá de las estimaciones más optimistas y están adelantándose varios años frente al cronograma de dominación audiovisual que venían desarrollando. ¿Quién podría vivir hoy sin decir que no tiene una serie favorita? En otro espectro del negocio, productores de pornografía en todo el mundo han visto también cómo aumenta exponencialmente la visualización y descarga de sus contenidos, e incluso lo impensable hasta hace poco: hay mucha más gente dispuesta a pagar por películas para adultos, sólo para evitarse los dolores de cabeza que podría suponer contraer un virus informático en el computador que se ha vuelto, más que nunca, ventana a la calle, contacto de primer mano con la familia, teléfono y oficina. El sexo seguro en su forma más extraña.

Ni siquiera los festivales, donde normalmente encontramos respuestas a cuál es el futuro del cine, al menos desde lo artístico, tienen claro cómo van a seguir. Cannes ya se pospuso una vez, pero así como va Francia en sus progresos paulatinos frente a la enfermedad, necesitaría un segundo aplazamiento, lo que haría que se traslapen sus fechas con las de otros grandes festivales. Y las películas que allí se iban a estrenar no saben qué hacer, pues faltar a Cannes implica perder el cubrimiento mediático que posibilita la cita en la Riviera francesa, pero tampoco pueden decir ya que no irán y meterse a empujones en la programación de Venecia o de San Sebastián. Thierry Frémaux, el mandamás del festival francés, el más importante del mundo, ya dejó claro que una versión en línea no sería posible, dejando al mundo del cine de autor en algo parecido al limbo. Y si a eso se añade que los seguros que cubran riesgos de pausa en la producción se van a poner por las nubes, y las medidas de distanciamiento social van a complicar en exceso las filmaciones, no es muy claro que el cine “de bajo presupuesto” sea posible en un futuro cercano.

Por los lados del cine comercial las cosas no son más claras. Desde hace años se había venido denunciando el saturamiento del calendario de estrenos, que hacía que los títulos “grandes”, en los que los estudios tienen cifradas sus esperanzas de taquillas multitudinarias, tuvieran menos tiempo de cartelera masiva para ellos. Ahora tenemos acumuladas películas como “La mujer maravilla”, “Viuda Negra”, o “Soul”, lo último de Pixar. ¿Van a guardar las productoras estos títulos para el próximo verano, con la esperanza de que todo mejore, o se van a arriesgar, como ya lo hicieron los productores de “Trolls 2” a venderle la película a alguna plataforma y rezar para que el modelo de “pague por ver” logre alcanzar un porcentaje considerable de lo que habrían ganado con las salas abiertas?

Lo último ocurrió en el día mismo en que termino de escribir este texto. La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, es decir, la organización que entrega los Óscar, ha decidido, pandemia mediante, que en los próximos premios también van a poder participar las películas cuyo estreno haya sido únicamente en línea, sin las exigencias de número de salas y de semanas que habían tenido hasta ahora para frenar el avance de poder de Netflix y de Amazon Prime. Por muy temporal que sea la medida, ¿creen que las plataformas van a dejar que se “retroceda” después de esta excepción? Esto podría significar un verdadero cambio de era en la industria. ¿Van a intentar hacer los grandes estudios que quedan, sus propias plataformas, como Disney? ¿Volverán los creadores jóvenes a soñar con un estreno exitoso de su película o simplemente pasarán por el cheque que les den en los servicios de streaming?

Mientras escribo este último párrafo, recibo la notificación de que la cafetería de Cine Colombia también va a empezar a repartir a domicilio los platos que ofrecían a sus visitantes, desde el perro caliente hasta la bandeja de sushi. ¿Esto será suficiente para que dejemos la nostalgia por “la ida a cine”? No sé ustedes, pero yo seguiré extrañando la risa de las comedias. Esa risa que era la mejor vacuna ante cualquier angustia que uno estuviera viviendo. Por desgracia, esa no es la vacuna que necesita la industria del cine con más urgencia.

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