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Publicado 18 de agosto de 2023

¿Quién dijo que los jóvenes no participaban en política?

Virtudes, defectos y alternativas a los mecanismos tradicionales que han encontrado los jóvenes para hacerse escuchar. Un texto en el que las cifras, la cultura y el arte desmitifican la frase que se ha incrustado en la conciencia colectiva de que a este grupo poblacional “no le gusta la política”.

 Por: María Emilia Henao, comité Editorial, Asocajas

 En este artículo, se desmiente el mito según el cual los jóvenes son apolíticos: en realidad, son el sector de la población a quien más le importa la política y a la vez el más crítico con el poder y con los mecanismos de participación existentes (como siempre lo ha sido). Están aquí para obligarnos a abrir nuevos caminos de inclusión y de escucha, para enfrentarnos a la inevitable transformación por la que está pasando la democracia.

La Encuesta Mundial de Valores (EMV) revela que tan solo el 14% de los colombianos y colombianas mayores de 25 años consideran que la política es importante; mientras que este porcentaje asciende a 24% entre los jóvenes menores de 25 años. Es decir, se preocupan y creen en la política significativamente más que el resto de la población. En este sentido, es necesario desagregar la noción de “participación política” para entender de la manera más sencilla la complejidad de este tema, y dejar de lado el mito que se ha arraigado en la consciencia colectiva.

Para comenzar, el papel que han jugado los movimientos juveniles –principalmente estudiantiles– han sido indiscutiblemente relevantes en la historia política del país. Más allá de tener un impacto directo en las decisiones políticas, como fue el caso de la Séptima Papeleta, el papel que han desempeñado las marchas y peticiones estudiantiles organizadas ha sido el de mantener una opinión crítica frente al poder con ideas contestatarias; así como denunciar, visibilizar y recordar lo que han considerado abusos de poder o injusticias. En palabras de El Kalvo, rapero colombiano, los jóvenes son “la memoria de un pueblo con amnesia”.

Este grupo representa con fuerza el concepto de “modernidad líquida”, acuñado por Sygmunt Bauman. La solidez del mundo que propusieron pensadores como Rousseau, Voltaire y Holbach con bloques duros y cuasi-inmutables en el tiempo se agotó. La flexibilidad significa que “no estás comprometido con nada para siempre, sino listo para cambiar la sintonía, la mente, en cualquier momento en el que sea requerido. Esto crea una situación líquida. Como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua”, declara el sociólogo Bauman en una entrevista a La Vanguardia de Barcelona. En este sentido, estos son los espacios que han encontrado para participar.

En Colombia, su rol se mantiene vigente: desde el estallido social de 2021, los movimientos estudiantiles y juveniles han vuelto a figurar en el centro de la agenda política. El “Gobierno del cambio” de Gustavo Petro recogió varias peticiones y se abanderó de las luchas que llevaron a la calle a los jóvenes de este país, entre otros sectores sociales.

Así pues, como ya dijimos anteriormente, son una masa crítica. ¿Qué significa esto? Según César Caballero, director de Cifras y Conceptos (CyC), aunque Petro haya movilizado a muchos jóvenes a votar, sobre todo los primeros votantes (personas que votan por primera vez), nunca se debe dar por garantizado el apoyo de este sector.

“Los jóvenes se oponen al poder, y sobre todo al abuso del poder”, dice Caballero en una entrevista con Maria Jimena Duzán. Las dinámicas políticas están cambiando y la participación tradicional genera poca confianza.

Presentes en las urnas

Primero, es indispensable señalar el mecanismo tradicional de participación política y democrática que genera mayor confianza: el voto. Según un estudio de CyC junto con la Universidad del Rosario, el 58% de los jóvenes declaró que esta es la acción que más los identifica a la hora de participar políticamente (es decir, es la acción que mayor confianza inspira), y, más sorprendente aún, la Registraduría quedó en segundo puesto después de las universidades públicas frente a la pregunta: “De las siguientes instituciones y figuras, ¿en cuáles confía?”. Es decir, cuando se habla de participación política, ellos siguen confiando y considerando que el voto es un mecanismo central, efectivo, transparente y confiable para ser escuchados.

Ausentes en los partidos políticos

Probablemente, el voto sea uno de los pocos mecanismos tradicionales y formales que generan confianza en esta población: la confianza en los partidos va en caída. Ante la misma pregunta de CyC: “De las siguientes instituciones y figuras, ¿en cuáles confía?”, la figura que se encuentra en lo más bajo de la lista es la de partidos políticos. El 85% la tiene en mala estima. Asimismo, y como es de esperar, según la EMV, apenas el 2,9% de los jóvenes encuestados están dispuestos a participar en alguna colectividad de estas.

Según Fady Villegas Cure, experto en juventudes y quien durante años ha trabajado en programas públicos para esta población, los jóvenes no confían en las instancias políticas, y en la mayoría de territorios esto se debe a que siempre son las mismas familias políticas las que ocupan cargos de poder. Es decir, no perciben ninguna posibilidad diferente a apoyar a los apellidos de tradición política.

Según académicos como Weyland, Kurt, Maiwaring y Pérez Liñán, uno de los principales pilares de la democracia como la conocemos, se centra en los partidos políticos, que son los encargados de representar un conjunto de ideales y métodos que se harán contrapeso entre sí en diferentes momentos en la política de un país. En efecto, dicen, la política se está volviendo una cuestión personalista a nivel global, pero sobre todo a nivel de América Latina.

Es decir, la estabilidad de los partidos se está desmoronando: los candidatos y candidatas salen, ingresan, y crean otros partidos cada vez con mayor frecuencia; ya no seguimos las declaraciones oficiales de los partidos, sino las declaraciones de la persona que nos interesa en redes. Las figuras políticas por excelencia ya no son partidos políticos, sino personas.

Y un caso para analizar: Fady Villegas Cure explica que el desencanto por los partidos políticos está muy generalizado entre los jóvenes, entre otras cosas, porque no están haciendo esfuerzos por involucrar, formar y motivar a este sector de la población. Los partidos religiosos son los únicos que se han enfocado realmente en incluirlos.

Presentes en instancias alternativas

La necesidad de crear mecanismos de participación e inclusión para los jóvenes, que lleva décadas sobre la mesa, ha dado frutos “sobre el papel” con varias leyes y políticas públicas, en particular la Ley Estatutaria 1622 de 2013. Esta pretende fortalecer las capacidades y condiciones para su participación e incidencia en temas políticos, económicos, sociales y culturales teniendo en cuenta diferentes enfoques diferenciales, y establece al Estado como principal garante de estos espacios. Sin embargo, según Fady Villegas, ha sido retadora la priorización de recursos para estos espacios por parte de los municipios, y más retador aún el promover la motivación y compromiso de la juventud en estos espacios.

En respuesta a esto, diferentes agencias de cooperación internacional (la OIM, USAID, diferentes programas de las Naciones Unidas, ONGs canadienses, entre otras) han abierto espacios y han propuesto metodologías para dejar capacidades instaladas de participación juvenil a nivel territorial.

Los territorios priorizados por las agencias de cooperación que tienen la participación juvenil en su agenda han visto claras mejoras en este aspecto, y su impacto ha crecido gracias a que algunos de los gobernadores de municipios no priorizados han replicado estas buenas prácticas. En Cartagena, por ejemplo, se estableció por primera vez un diálogo insular a raíz de una política pública de juventud que salió recientemente. Gracias a este diálogo, los jóvenes de las islas cercanas a Cartagena, han tenido la oportunidad de conocerse y reconocerse dentro de los procesos de lucha de los diferentes territorios.

Sin embargo, la mayoría de los territorios sigue sin tener acceso real a estas oportunidades. A esto se suma otro aspecto que dificulta el fortalecimiento de estos espacios: las oficinas de juventud, los secretarios de gobierno, o cualquiera que sea la figura que se encarga, cambia con mucha frecuencia, por lo que el compromiso de la administración no perdura.

Presentes en la cultura, el arte, y otros espacios.

Las dificultades de acceso a las instituciones y figuras nacionales y locales con las que tradicionalmente se incide en política ha sido, a menudo, frustrante. Pero el ímpetu de cambio y la convicción de la importancia de la política de los jóvenes nos ha permitido ver en el país unas propuestas alternativas muy poderosas. La política se ejerce en todos los ámbitos, y diversas plataformas valen para reivindicar ideales, luchas y derechos. Se ha llamado a sacar la política de las urnas.

Los jóvenes se han sabido organizar en torno a temas ambientales, de género, de corrupción, de líderes sociales, de inseguridad, movimientos anticoloniales, e incluso temas de salud mental, que después de la pandemia han cobrado gran relevancia como problema de salud pública. Aunque en cada territorio existan iniciativas de todos los temas, y a menudo las luchas están entremezcladas, cabe mencionar unas cuantas muy interesantes:

En Guaviare, existen recorridos por el raudal del Guayabero y por Cerro Azul que realizan empresas de turismo sostenible y educación ambiental creadas por jóvenes guaviarenses que se quedaron en el territorio a pesar del conflicto armado. En el Valle del Cauca, hay una oferta de talleres de permacultura y de siembra sostenible.

En el Meta se realizan avistamientos de aves con jóvenes ornitólogos de corazón. En Antioquia, han creado las marcas más extraordinarias de ropa no binaria y de género fluido. En el Atlántico, se escuchan hermosos grupos de bullerengue que reivindican múltiples luchas de género, así como música electrónica que recoge y mezcla ritmos indígenas, negros, mestizos y blancos.

Del Catatumbo, en el norte de Santander, han salido artistas extraordinarios que denuncian la violencia armada, el olvido del estado, y temas ambientales a través de ilustraciones y rap. En Urabá el teatro ha sido un escenario juvenil de denuncia y reflexión políticas. En Bogotá, existen plataformas de divulgación científica que denuncian, además, toda la “inequidad epistémica”, es decir, la manera en la que la verdad se ha producido constantemente desde una misma población poderosa.

Matilde Acevedo, una joven poeta y actriz, explica que la propuesta poética del grupo de amigos con quienes escribe en Bogotá es “muy interdisciplinar porque lo que queremos es no dividir, nosotros desbordamos el mundo occidental. Esto es insuficiente para comprender las injusticias, y tampoco es todo lo que hay.”

En la interdisciplinariedad, Matilde encuentra una revolución anticartesiana, antidivisiones; una revolución que devuelve al mundo la complejidad que el mundo racional ha intentado simplificar. Considera que la política se debe hacer desde la poesía, desde el vestir, desde la compra consciente y el reciclaje. En todas las grietas de este sistema racional que critica Matilde, se unen las ideas revolucionarias de los jóvenes que darían mayor sentido al mundo.

Las instancias de participación y movimientos artísticos y culturales han tenido un auge en las zonas periféricas del país. Son un eje que motiva e incide en la participación, pero, en realidad, no tiene incidencia directa. Bogotá, como en la mayoría de los temas en el país, es una excepción, ya que la Secretaría de Cultura ha estado muy presente apoyando e impulsando estas iniciativas. En las zonas periféricas, en cambio, son entes quienes tienen que buscar recursos para que estas instancias de participación artística y culturales tengan, por ejemplo, incidencia en construcción de políticas públicas. Esto se dificulta por temas presupuestales y de voluntad política: los consejeros de la juventud, que son quienes en general se responsabilizan de promover estas instancias de participación, no tienen sueldo y su tasa de deserción está en un 40%.

Las ganas no faltan.

En resumen: los jóvenes tienen ganas y necesitan participar a nivel político, pues lo consideran realmente importante. Participan en niveles formales que tienen incidencia directa en las decisiones políticas del país, como en el voto y en espacios de participación política en articulación con los entes territoriales. Existen múltiples experiencias positivas; sin embargo, también hay una frustración y desconfianza generalizada frente a figuras como los partidos políticos, que no los incluyen.

Por otro lado, nacen iniciativas políticas de resistencia entre las grietas de los mecanismos formales. Los espacios culturales, educativos e incluso de emprendimientos son múltiples y diversos, y han logrado recoger múltiples voces, denuncias y propuestas frente a descontentos políticos. Sin embargo, estos espacios no suelen tener impacto directo en la toma de decisiones.

El complemento de mecanismos formales y de iniciativas ciudadanas informales es indispensable para comprender el amplio espectro de la participación política juvenil. Ahora es un reto continuar con los esfuerzos para articular estos espacios y fortalecer el impacto de esta población en el devenir político de Colombia.

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