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Publicado 18 de agosto de 2023

Escuchar el presente

Por: Adriana Guillén Arango, Presidente Ejecutiva, Asocajas

A menudo escucho que joven es aquel que tiene la misma edad de uno o menos. Imagino su sonrisa frente a esa afirmación, sobre todo si ya están bordeando o transitando la madurez. Decía Borges que “… la juventud me resulta mucho más cercana ahora que cuando yo era joven…” Indudablemente, mirar esta etapa en retrospectiva la hace bella, sencilla, fluida y brillante. Pero si atisbamos a ese joven o jovencita que alguna vez habitamos enfrentando por primera vez mil y un desafíos y turbulencias -experiencias que a la postre formarán el carácter-, concluiremos que se trata de un estadio más divertido de contar que de vivir, y aun así al cual ninguno de nosotros renunciaría a pesar de la aleccionadora vorágine de sucesos, decisiones y rudimentarias herramientas que teníamos a la mano para sortear tales turbulencias. Un periodo de la vida sembrado de incertidumbres, conquistas y aprendizajes. Qué duros eran los Griegos cuando Sócrates en conversación con sus discípulos consideraron la juventud como una etapa de la vida frágil cuando no existe ninguna otra tan formadora; influenciable cuando precisamente en su dialéctica con los pares se define el carácter; potencialmente perezosa cuando esa aparente ociosidad puede ser el epicentro de la creatividad y, lujuriosa cuando es el mejor momento para descubrir la plenitud de nuestra humanidad.

 

Abordar la juventud como tema de esta revista, me ha enfrentado a lugares comunes que se han construido sobre esta etapa de la vida a lo largo y ancho de la historia occidental y que son invariables en el tiempo: Primero, la juventud ha sido vista como una etapa transitoria y frágil de la vida previa a la adultez. Segundo, un estadio marcado por un peligroso ímpetu revolucionario. Tercero, un ímpetu estigmatizado por el miedo que produce la ruptura de paradigmas -que complejo que las nuevas generaciones desplomen nuestras cuidadas y elaboradas certidumbres-.  Y cuarto, como antídoto a la materialización de ese riesgo pretendemos imponer siempre valores y/o comportamientos hasta que la sociedad logre graduar de adultos a estos peligrosos bisoños.   

 

Para ilustrar la realidad de estas ideas, comparto unas pinceladas de los retratos sobre estos novatos en diferentes momentos. En el imperio romano, según la doctora en Historia Antigua, Milagros Moro Ipola, para la mayoría de los adultos, los jóvenes “…sufrían una especie de trastorno transitorio que se pasaría con la edad…”. María del Carmen García en su libro Historia de la infancia y de la juventud en el Medioevo, planteaba la misma hipótesis: “…quizás sea prevención la que defina con precisión (…)’ lo sentido por los mayores ante aquellas y aquellos que vivían su etapa existencial más inestable (la juventud), seca y caliente, vinculada al elemento Fuego (…)’. …Todo un mundo de cualidades inflamables, peligrosas, que convenía encauzar y mantener bajo control.” En una época más reciente, en lo que se convertiría para muchos en el primer tratado de educación, la idea de joven que aparece en el Émile de J. J. Rousseau se refiere a la juventud como la época de la vida en la cual se debe formar a la persona para que “…aprenda a domar sus pasiones…”.   A su vez, el sociólogo francés Oliver Galland, en su libro Sociología de la Juventud, señala que los estudios sobre esta etapa de vida fueron avanzando y: “… a medida que se hacían más complejas y refinadas las tentativas de comprensión (de la juventud), iban creciendo los miedos que despierta el comportamiento juvenil y se elaboraron métodos cada vez más sofisticados para contener las eventuales salidas de control”.

 

Esta edición de Caja de Resonancia es una invitación a reflexionar acerca de la tradicional lejanía que hemos establecido entre “adultos” y “jóvenes” y cómo realizar una adecuada aproximación a este segmento de la población que tiene todo que aportar al desarrollo de nuestro país. Queremos, para empezar, acercarnos a temas como el acceso a derechos y oportunidades de este grupo entre los 15 y 28 años que representa al 25% de la población total colombiana. Según la Gran Encuesta Integrada de Hogares del DANE, entre abril y junio de 2023 la tasa de ocupación de los jóvenes creció 1,6 puntos frente al 2022, al pasar del 44,6% al 46,3%. A su vez, el desempleo en esta población también cedió al pasar del 18,4% al 17,1%, sin embargo, este porcentaje resulta desolador en la media en que esta tasa de desempleo es de casi el doble que el promedio de la tasa de desempleo de toda la población que a junio se situaba en 9.3%.

Lo anterior se agudiza frente a la población catalogada como “NINIS” (ni estudian ni trabajan), que en el país son cerca de 2,64 millones de jóvenes. Si se observa la zona rural,1 de cada 4 jóvenes se encuentra en esta situación, es decir, ni estudia ni trabaja, con lo cual    consideramos importante revisar las opciones que debe abordar la política pública para cerrar estas brechas, ampliar capacidades y brindar nuevas oportunidades.

Reflexionar acerca de nuestros jóvenes implica reconocer que muchos de ellos enfrentan circunstancias diferentes que impactan su forma de ver y relacionarse con su entorno. En esta revista encontrarán puentes entre miradas diversas e integrales que, espero, nos permitan tener conversaciones reflexivas y útiles con el fin de mejorar su calidad de vida y dar respuesta a sus necesidades, metas y anhelos. La juventud no es solo el futuro, es el presente de más de 12’600.000 personas en Colombia.

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