Nuestra dignidad

“Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad (…) aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio sino un valor interno, esto es, dignidad.Immanuel KantFundamentación de la metafísica de las costumbres, 1785

Hablar de dignidad es abrir las puertas de la humanidad, es reconocer ese valor inherente y absoluto que se vincula con la esperanza de todos los hombres de tener una sociedad en la que podamos ser. Y es precisamente en el ser donde está la magia de la palabra dignidad, porque implica reconocernos y reconocer al otro desde la desde la expresión de la autonomía y la manifestación de la existencia más allá de cualquier edad, estado, genero, religión, condición social, color de piel u orientación sexual e ideológica.  Ya lo había dicho René Descartes, fundador de la filosofía moderna, que la dignidad del ser humano surge de dos certezas: la de existir y la de diferenciarse de otros seres.

Así, gracias al Pensamiento de la Ilustración, pasamos de ser súbditos a ser ciudadanos, avanzamos de la obediencia a la autonomía de la razón y de la fe ciega a la duda sistemática como principio del conocimiento. Empezamos a contemplarnos como pensadores y observadores independientes de la voluntad de las autoridades, y este camino nos mostró que la dignidad humana era el derecho a tener derechos, esos mismos que parecían ser solo el privilegio de los reyes.

Entonces hallamos aquello que no es ni transferible, ni vendible, ni negociable, aquello que se conecta con nuestro valor interno y que como decía el filósofo alemán Immanuel Kant no tiene precio; porque el hombre es un fin en sí mismo, no un simple medio.

En la Carta de las Naciones Unidas de 1945 se reafirma “la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana”; en los Pactos de Nueva York o Pactos Internacionales de Derechos Humanos reconocen que “los derechos se derivan de la dignidad inherente a la persona humana”; en la conferencia Mundial de Viena de 1993, se insistiría en este sentido “los derechos humanos tienen su origen en la dignidad y el valor de la persona humana”; y en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea recuerda en su preámbulo el valor universal de la dignidad humana al “situar a la persona en el centro de su actuación”. Lo anterior evidencia la reivindicación de la dignidad humana como un valor inherente a nuestra condición de seres humanos; donde todos debemos ser reconocidos como iguales por parte de las instituciones y por parte de todos los integrantes de la sociedad.

Pero, al hablar de todos no podemos dejar de lado el peso vinculante de esta palabra, porque la dignidad se conjuga en plural; en el reconocimiento propio sin desestimar el de mi prójimo, en promover mi autonomía y respetar la del vecino, en avivar mi libertad sin apagar la de mi hermano. Como lo afirmé al inicio de este texto, hablar de dignidad es abrir las puertas de la humanidad, es reconocer ese valor inherente y absoluto que se vincula con la esperanza de todos los hombres de tener una sociedad en la que podamos ser. Por eso es necesario que hablemos de nuestra dignidad, porque es un punto de encuentro lejos de la barbarie en la que florecen los anhelos de todos los hombres, la reivindicación de la existencia de las personas como un valor absoluto.